Una lluvia, una
fuerte lluvia, azotó esta semana Buenos Aires. Las zonas más afectadas – al
menos según lo que los medios nos dejan saber – fueron la capital geográfica y
la capital económica del país. Macri, Scioli y Cristina y todos aquellos que
juegan al quemado con la culpa.
La capital, ese
terreno en continua disputa política, sufrió una vez las consecuencias de una
mala gestión y de peleas de poder que terminan consiguiendo que las cosas no se
hagan o se hagan a medias. Al igual que durante los últimos meses del año
pasado, vimos una exagerada cantidad de agua acumulada, sobre todo en barrios
como Belgrano o Saavedra. Fueron ocho los muertos y prolongados los cortes de
luz, muchos los cuales aún persisten.
“La Venecia de las
diagonales”, como lo título de manera muy desafortunada Pagina 12, fue y es un
caos. Miles de evacuados, personas que no aparecen, cortes de todos los servicios
básicos y lo que más resuena: al menos 51 muertos y contando. Hemos visto en
videos y fotos, imágenes sumamente tristes, testimonios desgarradores de las
víctimas y un desfile de políticos tan inédito como la cantidad de mililitros
de agua que cayó sobre la ciudad.
Como pasó con
Cromañón y con Once (por recordar solamente estas dos tragedias), se vuelven a
hacer evidentes las falencias inherentes a un sistema que privilegia las
medidas útiles para ganar simpatías en desmedro de la concreción de obras y
políticas que ataquen la raíz de los problemas estructurales que arrastramos desde
hace años.

Todo esto no quiere
decir que le esté echando la culpa al gobierno, o a los gobiernos. Pensar y/o
creer que un gobierno es responsable de todo lo bueno y todo malo que pasa es
caer en la más absoluta y detestable pasividad. Así como también caer en los
extremos obnubila la visión de cualquiera que crea en exceso en la santidad de
algunas personas.
Esto es concreto, es
tangible. Más allá de lo que digan con respecto a que tal obra que no se pudo
hacer porque tal persona no facilitó el dinero o con respecto a la falta de
astucia del otro para manejar ciertos problemas, lo concreto es que hay más de
50 personas que se fueron para siempre y hay otras miles a las que la vida les
dio un cachetazo que no esperaban ni merecían.
No es tiempo de
llorar, ni de hacer propaganda con el dolor ajeno. Es tiempo de trabajar, dejar
de lado las nimiedades y buscar soluciones a problemas que gritan de dolor. Las
diferencias tanto en lo ideológico como en lo pragmático pueden tener todo el
lugar que deseen ya que de eso se trata la sobrevaluada democracia. Pero hay
problemas simplemente complejos que tienen soluciones complejamente simples. No
hay ninguna cuenta que hacer, ni leer ningún libro de algún ideólogo,
politólogo o economista.
Hace más de 10 años
se nos fueron 194 pibes por negligencia en los controles de los boliches. Hace
poco más de un año se nos fueron 51 personas por negligencia en el
funcionamiento del sistema ferroviario. Hoy se nos siguen yendo almas porque
nos venimos a enterar que de repente nadie sabe hacer bien las cosas, o no
quiere hacer las cosas, o no puede hacer las cosas. No las hacen y la gente
deja de creer en algo cuando no les da resultado; y más cuando es
contraproducente.
Esta división entre
“La capitana Cristina” y sus fieles y los “detractores sin propuestas” y sus
seguidores de redes sociales tiene que tomarse, al menos, un recreo. Todos
tenemos que tomarnos un minuto para pensar en algo que va mucho más allá de las
divisiones partidarias.
Tomémonos un minuto y preguntémonos: si es que estamos haciendo algo más que quejarnos ¿Estaremos haciendo las cosas bien?
Tomémonos un minuto y preguntémonos: si es que estamos haciendo algo más que quejarnos ¿Estaremos haciendo las cosas bien?
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